Para Jorge Larrosa, la infancia es lo otro, “lo que siempre más allá de cualquier intento de captura, inquieta la seguridad de nuestros saberes, cuestiona el poder de nuestras prácticas.” Pero la otredad de la infancia es algo radical: por su absoluta heterogeneidad respecto de nosotros y nuestro mundo y por su absoluta diferencia. Ella encarna la aparición de la alteridad. La infancia no es nunca lo que sabemos, pero es portadora de verdad y de novedad. La infancia es, según el autor, novedad y enigma.
Larrosa sostiene que el niño es algo absolutamente nuevo, en el sentido de verdadero origen (con su nacimiento), pero no se trata del comienzo de algo más o menos previsible, sino de un verdadero inicio, lo que interrumpe toda cronología. Para explicar este concepto cita a Hannah Arendt, para quien el nacimiento de Belén, es el modelo de todo nacimiento, que inaugura la novedad radical en la historia.
Larrosa asume una posición muy clara frente a la manera en que debemos entender la infancia y encontrarnos con ella: propone abandonar la mirada del reconocimiento (como aquella que no es capaz de ver otra cosa que a sí misma) y de la apropiación (aquella que devora lo que encuentra convirtiéndolo en algo a su medida), para volver una mirada desde el sujeto de la experiencia que es quien sabe enfrentar lo otro en tanto que otro y está dispuesto a dejarse tumbar y arrastrarse por lo que le sale al encuentro y transformarse hacia una dirección desconocida.
Larrosa sostiene que el niño es algo absolutamente nuevo, en el sentido de verdadero origen (con su nacimiento), pero no se trata del comienzo de algo más o menos previsible, sino de un verdadero inicio, lo que interrumpe toda cronología. Para explicar este concepto cita a Hannah Arendt, para quien el nacimiento de Belén, es el modelo de todo nacimiento, que inaugura la novedad radical en la historia.
Larrosa asume una posición muy clara frente a la manera en que debemos entender la infancia y encontrarnos con ella: propone abandonar la mirada del reconocimiento (como aquella que no es capaz de ver otra cosa que a sí misma) y de la apropiación (aquella que devora lo que encuentra convirtiéndolo en algo a su medida), para volver una mirada desde el sujeto de la experiencia que es quien sabe enfrentar lo otro en tanto que otro y está dispuesto a dejarse tumbar y arrastrarse por lo que le sale al encuentro y transformarse hacia una dirección desconocida.